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Santo, Santo, Santo…. Sólo Tú eres santo, solo Tú Señor…

custodia b-nCon estas palabras del canon de la Misa, la Iglesia Católica proclama desde los inicios de su historia que no hay más santidad que la de Dios.

Sin embargo, desde los albores del Cristianismo, los cristianos han afirmado, que esta santidad de Dios se manifiesta a veces, de forma extraordinaria y evidente, en la vida de muchos hermanos. Sólo entonces la Santa Iglesia se ha atrevido a afirmar que en la vida simple y débil de un ser humano puede manifestarse con fuerza la santidad de Dios… que la beatitud de Dios ha elegido manifestarse en uno de entre nosotros, en nuestra propia carne…

A esos hermanos sencillos, limitados y débiles, como nosotros, la Iglesia los proclama Beatos, bienaventurados e incluso Santos; -sin osadía- sino reconociendo que en ellos brilla el amor de Dios, su Santidad.

Pero Dios no ha escogido lo mejor del mundo para manifestarse, sino que se complace en los humildes y sencillos, en los que tienen un alma de pobre, en los que saben llorar con los que lloran, en los que consuelan sin esperar ser consolados…

Esta santidad de Dios brilla por todo el planeta, en tantos hermanos en la fe que han dado muestras evidentes de haber hecho presente el cielo en medio de sus generaciones.

En Huércal-Overa, en medio de un siglo turbulento y difícil como fue el siglo XIX, también hubo un humilde hijo de campesinos, que eligió el camino de servir a Dios, y que lo sirvió con tanta humildad y abnegación que aún hoy, a casi dos siglos de su nacimiento, aún se le recuerda con veneración y respeto, convencidos todos de que todo lo extraordinario que se sabe de él, no puede ser más que un reflejo de la mano de Dios, que escogió complacerse en él y mostrar así el modelo de pastor humilde para su pueblo.

Él no fue uno de tantos sacerdotes, fue un ministro de Dios que vivió para los demás, para servir a sus feligreses. Vivió en la más sencilla humildad, sin que ningún pobre o desheredado de la fortuna que llamara a su puerta se marchara con las manos vacías, o sin recibir el consuelo material y espiritual que demandaba. Supo consolar y corregir, supo mostrar el valor supremo de la humildad en un siglo ensoberbecido, y supo dar testimonio de nuestro Salvador en medio de un mundo que necesitaba redirigir los ojos al cielo

¿Su nombre?

¡Salvador!